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Las Paradojas de la Innovación Social

¿Cómo das seguridad social a una persona privada de libertad?, ¿Cómo facturas trabajo comunitario donde nadie tiene RFC?, ¿Cómo pagas legalmente a personas sin cuenta bancaria?, ¿Cómo incorporas trabajo artesanal a una cadena global? ¿Cómo llevas servicios de salud visual a comunidades vulnerables y aisladas cuando no existen optometristas suficientes ni para zonas urbanas?


Hace unos días, Someone Somewhere pasó de ser una de las empresas sociales más reconocidas de México a convertirse en objeto de una intensa polémica pública.


Las acusaciones fueron muchas y de distinta naturaleza: pagos insuficientes a artesanas, apropiación cultural, uso de espacios públicos para actividades productivas, diferencias en los ingresos recibidos por distintas participantes e incluso cuestionamientos sobre la legitimidad misma del modelo de negocio.


Como suele ocurrir en la era de las redes sociales, las denuncias, las opiniones y las interpretaciones comenzaron a circular mucho más rápido que la información verificable. Y aunque es posible que algunas de las críticas resulten válidas y otras no, la discusión ha puesto sobre la mesa una pregunta mucho más profunda que el caso particular de una empresa:


Y aquí considero que vale la pena reconocer una realidad incómoda: prácticamente todos participamos, en mayor o menor medida, de sistemas que sabemos imperfectos.


Criticamos las condiciones de ciertas cadenas de valor mientras consumimos productos fabricados al otro lado del mundo sin conocer quién los produjo. Cuestionamos determinadas prácticas empresariales mientras utilizamos plataformas, tecnologías o servicios cuya operación cotidiana también descansa sobre complejas contradicciones sociales y ambientales. Nos indignamos frente a algunas expresiones visibles de desigualdad mientras otras, mucho más profundas, permanecen integradas a nuestra vida cotidiana.


No se trata de señalar hipocresías ni de invalidar las críticas. Se trata de reconocer que muy pocas personas observamos estos problemas desde fuera del sistema. La mayoría habitamos dentro de él. Y quizá por eso mismo deberíamos aproximarnos a estas conversaciones con un poco más de humildad, complejidad y disposición a comprender antes de emitir conclusiones definitivas.


¿Qué ocurre cuando intentamos evaluar innovaciones sociales complejas utilizando categorías diseñadas para un mundo mucho más simple?


Porque detrás de la controversia sobre Someone Somewhere no sólo hay un debate sobre comercio justo, artesanía o emprendimiento social; hay algo más incómodo: una discusión sobre cómo juzgamos a quienes intentan modificar sistemas que nunca fueron diseñados para incluir a las poblaciones con las que trabajan.


La velocidad con la que se formó una opinión pública sobre este caso revela una creencia profundamente arraigada: la idea de que los problemas sociales tienen soluciones evidentes y que cualquier desviación de ellas es necesariamente una señal de abuso, negligencia o mala fe.


Pero quienes hemos trabajado cerca de poblaciones históricamente excluidas sabemos que la realidad suele ser mucho más incómoda. Los sistemas legales, laborales, financieros y regulatorios que utilizamos todos los días fueron diseñados para una cierta normalidad: personas con empleo formal, acceso a servicios financieros, documentación completa y relaciones económicas relativamente convencionales. Sin embargo, gran parte de los problemas sociales más importantes ocurren precisamente fuera de esa normalidad y es ahí donde comienzan las contradicciones.


Hace algunos años, una iniciativa que buscaba generar oportunidades económicas para adolescentes privados de libertad intentó explorar mecanismos para que algunos participantes pudieran acceder a derechos laborales y de seguridad social. La respuesta institucional fue contundente: el sistema simplemente no estaba preparado para procesar algo así. Darle seguridad social a los adolescentes privados de libertad se traduciría en algo sumamente incómodo para las empresas que daban trabajo penitenciario en la cárcel para adultos.


Se trata de reconocer que la innovación social suele ocurrir precisamente donde los marcos existentes dejan de funcionar. Las innovaciones sociales suelen llegar antes que las instituciones capaces de regularlas. Por eso quienes trabajamos en ellas convivimos constantemente con tensiones, contradicciones y preguntas para las que todavía no existen respuestas claras. Reconocer esta realidad no implica pedir indulgencia y tampoco significa que todo se vale. Mientras más cerca se encuentre una iniciativa de una frontera institucional, mayor es su responsabilidad de actuar con transparencia, documentar sus decisiones y contribuir a la construcción de mejores reglas para quienes vendrán después.


Quizá ahí es donde la conversación pública suele equivocarse. Esperamos que los emprendimientos sociales sean perfectos cuando todavía estamos aprendiendo cómo resolver problemas que nadie ha logrado resolver antes. Pero, al mismo tiempo, olvidamos exigir algo igual de importante: que quienes innovan sean capaces de mostrar abiertamente sus contradicciones, sus aprendizajes y los dilemas éticos que enfrentan en el camino.


La discusión que deberíamos estar teniendo es cómo construimos mecanismos para que las innovaciones sociales sean cada vez más transparentes, más participativas y más capaces de redistribuir valor hacia las comunidades con las que trabajan.


Porque si queremos cambios sistémicos, necesitamos algo más que buenas intenciones. Necesitamos nuevas reglas. Quienes deciden construir modelos de negocio alrededor de la solución de problemas sociales adquieren una responsabilidad adicional: ayudar a que los sistemas evolucionen.


Los sistemas se evalúan comparándolos contra un ideal; las innovaciones sociales deberían evaluarse también comparándolas contra la realidad que existía antes de que aparecieran. Cuando evaluamos una innovación social solemos compararla contra un ideal. Tal vez deberíamos acostumbrarnos a compararla también contra la situación que existía antes de su intervención.

Por tanto, además de preguntarnos qué tan lejos está un modelo de la perfección, quizá deberíamos preguntarnos qué tan lejos logró mover la realidad respecto al punto de partida. Si el modelo nunca hubiera existido, ¿cuál sería hoy la realidad de las poblaciones con las que se trabajó? ¿Estarían mejor, igual o peor?


Las iniciativas de innovación social suelen ser sometidas a niveles de escrutinio que rara vez aplicamos a los sistemas que intentan transformar. Esperamos que una empresa social demuestre que cada peso fue distribuido de manera justa; que cada decisión fue impecable; que cada relación de poder fue equilibrada; que cada beneficio fue repartido sin generar nuevas tensiones. Todo esto dentro de la complejidad que representa hacerlo bajo modelos económicamente viables, que navegan en un sistema capitalista.


Convivimos todos los días con sistemas económicos que producen desigualdades mucho más profundas sin provocar el mismo nivel de indignación. Millones de personas trabajan en condiciones de informalidad; millones carecen de acceso efectivo a servicios de salud; millones participan en cadenas de valor donde desconocen quién captura la mayor parte de la riqueza que generan.


También convivimos con problemas mucho más graves que hemos terminado por normalizar: trabajo infantil en distintas regiones del mundo, explotación de productores agrícolas, salarios de subsistencia en cadenas globales de suministro, contaminación masiva asociada a industrias enteras, montañas de residuos textiles que terminan en vertederos y la destrucción progresiva de mercados y oficios locales incapaces de competir contra economías de escala globales.


Lo paradójico es que cuando una organización intenta intervenir precisamente en esos espacios, aparece una exigencia de perfección que rara vez aplicamos al sistema original.


Quizá el verdadero riesgo no es que las innovaciones sociales cometan errores. Quizá el verdadero riesgo es construir una cultura donde el costo reputacional de intentar cambiar las cosas sea tan alto que cada vez menos personas estén dispuestas a intentarlo.

Responsabilidad narrativa [1]


Existe una responsabilidad adicional de la que hablamos poco y que se ha vuelto cada vez más relevante en la era digital: la responsabilidad de construir narrativas con rigor.


Vivimos en una época en la que una publicación puede alcanzar a millones de personas antes de que exista información suficiente para comprender un problema. La velocidad se ha convertido en una ventaja competitiva y, con demasiada frecuencia, la complejidad se percibe como una desventaja.


No hablo de cuestionar la denuncia ni de desacreditar el activismo. Al contrario. Algunas de las transformaciones sociales más importantes de nuestra época han ocurrido gracias a personas que se atrevieron a señalar injusticias que otros preferían ignorar.


Pero existe una diferencia importante entre amplificar una causa y secuestrar una narrativa. El activismo informado, responsable y valiente cumple una función indispensable: visibiliza problemas, cuestiona estructuras de poder y abre conversaciones necesarias. El problema aparece cuando la urgencia por tomar una postura sustituye la obligación de comprender aquello sobre lo que estamos opinando.


El mayor riesgo no suele ser la mentira descarada sino la “media verdad”; información incompleta presentada como conclusión definitiva; una acusación compartida antes que la evidencia.


Una narrativa viral no necesita ser completamente falsa para generar daño. Basta con que simplifique una realidad compleja, omita elementos relevantes o llegue primero a la conversación pública. Y una vez instalada, pocas personas se detienen a revisar matices, corregir percepciones o reconocer aquello que desconocen.


Quizá una de las habilidades más importantes de nuestro tiempo sea recuperar la capacidad de convivir con la incertidumbre. Aprender a distinguir entre lo que sabemos, lo que creemos y lo que todavía estamos intentando comprender.


Porque las causas sociales merecen algo mejor que nuestra necesidad de tener razón. Merecen rigor, contexto, preguntas honestas y la humildad de reconocer que, en problemas complejos, las respuestas simples suelen ser las menos útiles


Mi vocación sigue siendo más fuerte que mi imperfección.


Antes de compartir algunas ideas concretas, quiero reconocer algo obvio: yo también soy profundamente imperfecta.


Los proyectos que he impulsado están llenos de errores, contradicciones, aprendizajes y decisiones que, vistas en retrospectiva, seguramente podrían haberse hecho mejor. No tengo la verdad absoluta. No tengo todas las respuestas. Y definitivamente no opero organizaciones perfectas.


La mayoría de mis proyectos son pequeños. A menudo trabajamos con equipos mínimos, presupuestos limitados y más voluntad que recursos. No me alcanza para contratar ejércitos de especialistas ni egresados de Harvard (o del Tec de Monterrey) para resolver cada desafío que aparece en el camino. Como muchas personas que trabajamos en innovación social, aprendemos haciendo, corrigiendo, escuchando y volviendo a intentar.


También he recibido críticas legítimas, críticas injustas y, en ocasiones, ataques personales por impulsar modelos que desafían ciertas formas establecidas de hacer las cosas. No es agradable. A veces duele. Pero he aprendido que la innovación rara vez ocurre sin incomodar a alguien.


Eso no significa que toda crítica sea incorrecta ni que quienes innovamos tengamos siempre la razón. Significa únicamente que transformar sistemas complejos implica navegar incertidumbre, tensión y desacuerdo.


Y desde esa imperfección —que compartimos todas las personas que intentamos construir algo nuevo— quisiera dejar algunas reflexiones y aprendizajes que considero importantes para quienes creemos que la innovación social puede contribuir a crear sistemas más justos.


1.Transparencia radical

Durante años, el sector social se acostumbró a reportar historias inspiradoras, indicadores de beneficiarios y cifras de impacto. Sin embargo, conforme los modelos se vuelven más sofisticados, también debe hacerlo la rendición de cuentas.


La pregunta ya no es únicamente cuántas personas fueron beneficiadas sino también cómo se distribuyó el valor generado. Estamos tan acostumbradas/os a ver historias color de rosa cuando la realidad presenta desafíos constantemente. Recordemos que la confianza se construye mostrando la complejidad, no ocultándola. Como emprendedores sociales debemos también compartir los obstáculos con transparencia radical. Un ejemplo podría ser nuestro modesto comienzo para https://alterbike.mx/como-medimos-el-impacto-del-programa-de-reinsercion-social-y-que-retos-tenemos-haciendolo/ en donde el mensaje fue: no es perfecto, es un inicio, estamos comenzando y ayúdanos si tienes ideas.


Documentando y compartiendo las contradicciones de un modelo de innovación social, es precisamente ahí donde se genera el conocimiento más valioso. Cuando una organización descubre que una regulación impide incluir a determinada población; cuando un requisito administrativo excluye a quienes más necesitan participar; cuando una política pública genera incentivos contrarios a los resultados que pretende alcanzar. Esos hallazgos deberían formar parte de la conversación pública.


2. Medir impacto

En mi experiencia sé que cuando eres una empresa micro, pequeña o mediana, generalmente los fundadores o dueños terminamos haciendo desde las facturas mensuales, hasta los contratos. Medir el impacto no es ni simple, ni barato. Exige tiempo.. y bastante. Sin embargo, los emprendedores sociales estamos obligados a medirlo lo mejor que podamos, con los elementos que tengamos a la mano y siempre con transparencia radical.


Contribuir para la solución de una problemática social o medioambiental debe ser medido si no se convierte en green o social washing. Y aunque la medición podría no ser perfecta, es importante tener un avance e interés genuino para la medición del mismo. Como por ejemplo nuestro modesto esfuerzo por medir el impacto del programa de reinserción social de Alterbike donde se observa que la medición fue evolucionando a incorporar elementos más profundos y desde donde - volviendo a la transparencia radical- manifestamos los retos que tenemos de manera totalmente abierta.


3. Cambio Sistémico

La tercera responsabilidad es quizá la más importante de todas: no conformarnos con operar dentro de sistemas imperfectos, sino trabajar activamente para transformarlos.


A veces este término puede sonar romántico o muy efímero, pero el cambio sistémico se refiere precisamente a los cambios de fondo que son los que alimentan la problemática que estamos atendiendo.


Demasiadas iniciativas sociales terminan aprendiendo a navegar las barreras existentes sin cuestionar las causas que las originaron. Aprendemos a sobrevivir dentro del sistema, a encontrar excepciones, a construir soluciones temporales y, en el mejor de los casos, a escalar modelos que funcionan. Pero el verdadero potencial de la innovación social aparece cuando utilizamos lo que aprendemos en el terreno para contribuir a cambiar las reglas del juego.


Si una regulación impide incluir a determinada población, debemos preguntarnos cómo modificarla. Si una política pública genera exclusión, debemos documentarla y señalarla. Si un mercado distribuye injustamente el valor, debemos explorar nuevas formas de gobernanza, propiedad o participación económica.


Los emprendedores sociales tenemos el privilegio —y también la responsabilidad— de observar de cerca fallas que muchas veces permanecen invisibles para quienes diseñan leyes, políticas públicas o modelos económicos. Por eso nuestra tarea no debería terminar cuando resolvemos un problema para cien, mil o diez mil personas. Debería continuar hasta preguntarnos qué tendría que cambiar para que esa solución deje de ser necesaria.


Porque el objetivo final no es construir excepciones exitosas dentro de sistemas defectuosos. El objetivo es contribuir a que esos sistemas funcionen mejor para todas las personas.


4. Generar y compartir conocimiento

Existe una responsabilidad adicional de la que hablamos poco: la responsabilidad de convertir nuestros aprendizajes en conocimiento útil para otras personas.


Si realmente queremos acelerar la solución de los problemas sociales y ambientales que enfrentamos, necesitamos compartir mucho más de lo que aprendemos. No sólo los éxitos. También los fracasos. No sólo los resultados. También los procesos. No sólo aquello que funcionó. También aquello que no funcionó y las razones detrás de ello.


Participar en foros, escribir artículos, documentar casos, contribuir a investigaciones, colaborar con universidades, dialogar con gobiernos, compartir metodologías o abrir conversaciones con otras organizaciones no debería verse como una actividad secundaria. Forma parte del trabajo.


Cada vez que una organización comparte de manera abierta un aprendizaje, evita que otras tengan que comenzar desde cero. Cada vez que alguien documenta una barrera institucional, facilita que otras personas puedan identificarla, comprenderla y eventualmente transformarla. Cada vez que una experiencia práctica se convierte en conocimiento colectivo, avanzamos un poco más rápido.


Los problemas sociales son demasiado complejos para resolverlos de manera aislada. Necesitamos construir comunidades de aprendizaje donde el conocimiento circule con mayor rapidez que los problemas que intentamos resolver.


Porque el impacto no sólo se genera a través de los proyectos que ejecutamos. También se genera a través de las ideas, aprendizajes y preguntas que dejamos disponibles para quienes continúan el camino después de nosotros.


5. Transformar antes que castigar

Quisiera aprovechar para compartir una idea que considero especialmente importante para quienes creemos en la justicia social, la equidad y los derechos humanos.


Muchas de las corrientes más profundas del pensamiento feminista nos han enseñado a mirar más allá de las personas para comprender las estructuras. A preguntarnos no sólo quién se beneficia de una injusticia, sino qué sistemas, incentivos y relaciones de poder la producen y la sostienen.


Por eso vale la pena preguntarnos si, frente a problemas complejos, estamos contribuyendo a transformar las causas de fondo o si estamos cayendo en la tentación de emitir veredictos rápidos que nos permitan identificar responsables sin comprender plenamente el fenómeno.


Si el patriarcado organiza los conflictos a través del control, la dominación y el castigo, quizá la transformación social no debería comenzar preguntando a quién castigar, sino qué estructuras necesitamos transformar.

Señalar una contradicción puede ser necesario; exigir rendición de cuentas también. Pero transformar sistemas exige algo más difícil: paciencia, análisis, contexto y disposición para convivir con la complejidad.


Las lógicas centradas exclusivamente en el castigo rara vez producen aprendizaje colectivo. Con frecuencia generan silencio, defensividad y polarización. Las lógicas transformativas, en cambio, buscan comprender, corregir, reparar y construir alternativas mejores.


En un mundo atravesado por desigualdades profundas, necesitamos más personas dispuestas a hacer preguntas difíciles y menos personas convencidas de tener respuestas inmediatas para todo.


Porque los sistemas complejos no cambian cuando encontramos culpables. Cambian cuando entendemos suficientemente bien sus causas para poder transformarlas.


6. Construir nuevas economías

Quizá la reflexión más importante de todas es que muchos de los dilemas que aparecen una y otra vez en este artículo no son únicamente fallas de organizaciones individuales. Son síntomas de sistemas económicos que ya no están respondiendo adecuadamente a los desafíos sociales y ambientales de nuestro tiempo.


Necesitamos economías capaces de reconocer el valor de los cuidados. Economías que incorporen los costos ambientales que hoy permanecen invisibles. Economías que distribuyan de manera más justa la riqueza que generan. Economías que reconozcan que el bienestar colectivo no es una externalidad, sino una condición necesaria para la prosperidad de largo plazo.


Quizá por eso espacios como la Red de Investigación para una Nueva Economía (REDINE) resultan tan relevantes. Porque reúnen a personas, organizaciones, empresas, academia y actores públicos que entienden que los desafíos que enfrentamos no podrán resolverse únicamente desde la lógica tradicional del mercado ni tampoco únicamente desde la filantropía o el gobierno.


Necesitamos nuevos modelos. Nuevas alianzas. Nuevas formas de producir, intercambiar, invertir y generar valor.


Y, sobre todo, necesitamos la valentía de imaginar economías que todavía no existen, pero que comienzan a construirse cada vez que alguien decide experimentar una forma distinta de hacer las cosas.


Vale la pena seguir intentándolo

A pesar de todas las contradicciones, sigo creyendo que vale la pena intentarlo.


Vale la pena intentar construir modelos más justos aunque todavía sean imperfectos.


Vale la pena intentar abrir oportunidades económicas para poblaciones que históricamente han sido excluidas.


Vale la pena experimentar, medir, corregir, escuchar y volver a empezar.


Los sistemas que hoy criticamos también fueron construidos por personas. Personas con virtudes, limitaciones, sesgos, errores y aciertos. Personas que tomaron decisiones que, con el tiempo, terminaron moldeando la realidad que habitamos.


Y también serán personas imperfectas quienes construyan los sistemas que vengan después.


Por eso necesitamos más transparencia. Más medición. Más rendición de cuentas. Más conocimiento compartido. Más disposición para transformar las estructuras que generan exclusión.


Pero también necesitamos más personas dispuestas a entrar en la complejidad de los problemas y hacer el trabajo incómodo de intentar resolverlos.

No porque tengan todas las respuestas.


No porque sean perfectas.


Sino porque entienden que la única forma de construir un futuro distinto es atreverse a empezar antes de que existan todas las certezas.


Quizá la innovación social nunca será un camino libre de errores.


Pero sigue siendo uno de los caminos más esperanzadores que tenemos para imaginar y construir sistemas más humanos, más incluyentes y más justos que los que heredamos.


[1] La reflexión sobre responsabilidad narrativa no es menor. El World Economic Forum ha identificado de manera consistente la desinformación y la información errónea (misinformation and disinformation) entre los principales riesgos globales de corto plazo para 2025 y 2026. Más allá de sus efectos políticos o electorales, estos fenómenos erosionan la confianza social, polarizan el debate público y dificultan la capacidad colectiva para comprender y resolver problemas complejos. En un entorno donde la velocidad de una narrativa suele superar a la velocidad de la evidencia, construir conversaciones rigurosas se convierte también en una responsabilidad ética

 
 
 

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