No basta con sentar a Dios con el diablo
- Zarai Salvador

- 25 jun
- 3 min de lectura
La polémica generada por la colaboración entre la Orquesta Filarmónica del Desierto y un rapero ha sido presentada casi exclusivamente como un conflicto entre libertad artística y responsabilidad ética. Por un lado, entiendo profundamente la decisión de los músicos que decidieron no participar al conocer el contenido de las letras. Ningún artista debería verse obligado a prestar su talento a una obra que contradice sus convicciones más profundas. Pero también entiendo la intuición de quienes creen que necesitamos tender puentes entre mundos que históricamente no dialogan. Y precisamente ahí creo que se encuentra la verdadera conversación.
Durante años hemos repetido que el arte tiene la capacidad de acercar personas, romper prejuicios y construir paz. Sin embargo, este caso me dejó pensando que quizá estamos confundiendo el encuentro con la transformación. Sentar a Dios y al diablo en la misma mesa no garantiza que exista diálogo. Mucho menos que exista aprendizaje. A veces sólo conseguimos que ambos se observen con mayor desconfianza.
Llevo tiempo convencida de que uno de los mayores desafíos de México es que vivimos dentro de burbujas culturales que casi nunca se encuentran. La música clásica, el rap, los corridos, la academia, las periferias, las élites... todos hablan lenguajes distintos y construyen imaginarios completamente diferentes sobre el éxito, el poder, la violencia o el reconocimiento. Cuando finalmente esos mundos se cruzan, solemos celebrar el simple hecho de haberlos reunido, como si la proximidad fuera suficiente para producir entendimiento. Pero la verdadera dificultad comienza justamente después.
Mientras seguía la discusión imaginaba otro escenario. ¿Qué habría pasado si, antes de la grabación, hubiera existido un verdadero proceso creativo? No únicamente una contratación o un ensayo, sino un espacio de conversación donde los músicos, el artista, el director e incluso algunos jóvenes que consumen ese tipo de música pudieran preguntarse qué historia querían contar juntos. ¿Qué significa el éxito para un adolescente que crece en una colonia donde el crimen organizado representa una de las pocas narrativas aspiracionales disponibles? ¿Qué significa la paz? ¿Qué significa la dignidad? ¿Qué significa el arte cuando un país atraviesa una crisis de violencia como la nuestra?
Quizá de esa conversación habría nacido exactamente la misma canción. Quizá el artista habría decidido conservar intacto su mensaje. Quizá algunos músicos habrían seguido negándose a participar y esa decisión habría sido igualmente legítima. Pero al menos la colaboración habría intentado transformar algo más profundo que el acompañamiento musical. Habría existido un propósito compartido.
Esta reflexión me recordó el trabajo que realiza mi asociada Paola Zavala con el programa Aquí hay Corridos. Su apuesta nunca ha sido prohibir un género musical ni ridiculizar a quienes lo escuchan. Tampoco censurarlo. La apuesta consiste en algo mucho más complejo: utilizar ese mismo lenguaje para sembrar otras historias, otros referentes y otras formas de entender el éxito. Porque las narrativas importan. La violencia no sólo se combate con policías o con reformas legales; también se combate disputando los imaginarios desde los cuales millones de jóvenes construyen su proyecto de vida.
Desde nuestra organización OCUPA AC estamos convencidas de que la innovación social también ocurre en el terreno simbólico. Las narrativas no sólo reflejan la cultura; la producen. Por eso creemos que la violencia no se combate únicamente con policías o reformas legales. También se combate disputando los imaginarios desde los cuales millones de niñas, niños y jóvenes construyen sus aspiraciones y su proyecto de vida.
Ahí encuentro la diferencia. No basta con cambiar el acompañamiento musical si el mensaje permanece intacto. Tampoco basta con reunir actores que históricamente han permanecido separados. La verdadera innovación —social, cultural o artística— aparece cuando somos capaces de construir un lenguaje común sin que ninguna de las partes tenga que renunciar a su identidad.
Quizá eso sea también una lección para quienes trabajamos en innovación social. Con demasiada frecuencia creemos que el cambio ocurre simplemente porque sentamos en la misma mesa a empresas y comunidades, gobiernos y ciudadanos, universidades y territorios. Pero los encuentros, por sí solos, rara vez transforman algo. La transformación comienza cuando existe un propósito compartido y la disposición genuina de construir nuevos significados.
Tal vez construir paz no consista en impedir que Dios y el diablo se encuentren. Tal vez el verdadero desafío sea mucho más difícil: crear las condiciones para que, cuando finalmente se sienten frente a frente, descubran que todavía es posible hablar un idioma distinto al de la violencia.



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